lunes, 16 de noviembre de 2009

El Vaticano ya acepta la teoría de la Evolución y busca extraterrestres

Tres mitos de la Biblia develados por la ciencia: Sodoma y Gomorra, el Diluvio y la Creación

Recibimos un par de cartas de personas creyentes que nos critican por algunos programas en los que reproducíamos afirmaciones de la ciencia que contradicen a la Biblia. Aquí, por razones de espacio, vamos a extendernos sólo sobre tres descubrimientos más o menos recientes que desmitifican ese libro escrito hace unos cuatro mil años. Incluimos además, el sorprendente cambio en las posiciones del Vaticano respecto de la Teoría de la Evolución y la creación de Universo.

Mito 1: El Diluvio Universal

Lo que dice la Biblia

Según el Antiguo Testamento, un hombre llamado Noé recibió un aviso divino: Dios castigaría al mundo entero por sus pecados enviando una enorme inundación. Noé estaba destinado a salvarse y para eso debía construir un arca, un barco en el que llevaría consigo a su familia y a todas las especies animales del mundo

Lo que dice la ciencia

Para los pueblos antiguos el mundo era muy pequeño. Creían que todo aquello que les sucedía era una catástrofe de dimensiones universales. La versión judía sobre el diluvio habría sido escrita alrededor del 650 antes de Cristo. Lo mas probable es que sea una copia de un mito babilonio mil años más antiguo, que los antiguos israelitas recogieron y adaptaron cuando fueron esclavizados por Nabucodonosor. En la versión original, un hombre llamado Utna Pistim, y sus acompañantes sobrevivieron a la furia de los dioses construyendo una barca en la que pusieron animales y semillas.

Ahora veamos si es posible que haya existido un diluvio universal. Para saberlo, se pueden examinar las capas geológicas del planeta. En ellas está escrita toda la historia climática del planeta. Sin embargo, no hay evidencias geológicas de una inundación que cubriera todo el globo,

¿De donde viene entonces el mito? Una teoría afirma que la leyenda, de origen babilonio, podría haberse originado en un gran desbordamiento de los rios Tigris y Eufrates que afectaron a las primeras ciudades de la historia. En 1930, excavaciones realizadas en Ur mostraron una capa de lodo entre restos de ladrillos y objetos de cerámica. (1)

Y finalmente, sobre el arca de Noé, dos cuestiones de lógica:

*El Arca -según las medidas enviadas por Dios- tendría 135 metros de largo, 22 metros de ancho y 13 de alto (2). En la foto adjunta , una réplica en tamaño natural construída en Holanda. Se necesitarían cientos de hombres para construirla y en su familia eran sólo ocho. Y así y todo el barco ni por asomo podría dar cabida a las casi dos millones de especies de animales conocidas hasta hoy.

*Tampoco la embarcación podría soportar el peso de tantas especies. Recordemos además que pasó en el mar al menos 40 días (150 hasta que las aguas bajaron). ¿Qué comieron sus pasajeros? Sólo la pareja de elefantes habría necesitado unas diez toneladas de alimentos. Y eso sin contar que luego, en tierra, no habría nada para comer pues la inundación habría extinguido todas las plantas.

*Las especies que se salvaron en el Arca no podrían haber incluído las millares que sólo existen en otros continentes como América y Oceanía, que por entonces ni siquiera se sabía que existían. Noé tampoco podría haber viajado allí porque hubiese necesitado varios años y... otro barco.

Mito 2: La destrucción de Sodoma y Gomorra

Lo que dice la Biblia

Según el Deuteronomio del Antiguo testamento, Sodoma y Gomorra eran dos ciudades que ocupaban el sitio conocido como “la llanura”, cerca del Mar Muerto y el Río Jordán. Según la Biblia los pecadores habitantes de estas ciudades ya no eran buenos a los ojos de Dios, y este decidió destruirlas. Según el mismo libro de la Biblia, además de Sodoma y Gomorra también fueron destruidas las ciudades de Adama y Seboim aunque no dice que en ellas reinara el pecado (mucho antes de los bombardeos aéreos modernos, tal vez fuera este el primer caso de “daño colateral”). Sólo se salvó de la catástrofe la más lejana ciudad de Soar, hacia donde huyó Lot con su familia.

Lo que dice la ciencia

En la actualidad no se sabe dónde están los restos de estas ciudades. Pero dos geólogos canadienses descubrieron que hace 4 mil años (en la misma época del relato bíblico) hubo en esa región un terremoto muy fuerte que incluso cambió la geografía del lugar. Sostienen que es muy posible que tras el sismo las aguas del Mar Muerto sepultaran los escombros de las ciudades.

Según estos geólogos, el evento provocó efectos de licuefacción en el terreno (los suelos compuestos de arenas finas y saturados se comportan como un fluido bajo la acción de las ondas sísmicas) aumentando el grado de destrucción sobre las ciudades del área afectada (3).

El mar Muerto es una zona de fricción entre dos placas tectónicas, lo que fue la causa de su hundimiento en una gran depresión. En ese enorme lago salado el buceo es muy dificultoso debido a la alta presión, ya que su superficie se encuentra a más de 400 metros bajo el nivel del mar, pero si las aguas continúan bajando, la posibilidad de descubrir sus resto se acrecienta.

Mito 3: El origen del Universo y la vida

Lo que dice la Biblia

Según la historia bíblica, Dios creó el universo en seis días. En el sexto día moldeó a Adán utilizando barro y más tarde (no se dice cuándo), de una de sus costillas creó a Eva su mujer..

Lo que dice la ciencia

El Universo tiene unos 13.500 millones de años y se originó en una gran explosión de energía. Los múltiples datos existentes son irrefutables. Cómo se creó el primer núcleo es algo que se desconoce y que hoy es motivo de especulaciones científicas y materia de fe. Nuestro sistema solar se formó con los restos de esa explosión en una región muy alejada del centro de nuestra galaxia, la Via Láctea, una de las millones de galaxias del Universo.

Esquemáticamente podemos decir que el planeta Tierra tiene 4500 millones de años de antiguedad. Los ancestros del hombre viven desde hace sólo 4 millones de años y la Biblia comenzó a escribirse hace apenas 4 mil. Es lógico que los hombres semianalfabetos de esa época no pudieran siquiera imaginarse cuán viejo era nuestro planeta y la vida sobre él. La teoría de la evolución propuesta por Charles Darwin a mediados del siglo 19, probó que la vida se fue desarrollando por adaptación a las condiciones cambiantes de la Tierra en formación. Hoy sabemos que los primeros seres humanos salieron de una región del este del Africa para poblar Asia y Europa y más tarde Oceanía y América.

Y aunque muchos católicos no lo sepan, el Vaticano ya acepta este teoría como valida para explicar el origen de la vida en la Tierra: "Hoy en día, nuevos conocimiento nos encaminan a reconocer que la teoría de la evolución va mas allá que una simple hipótesis….Por otro lado, la teología, determina el destino final de la vida, de acuerdo a los designios del Creador." (4)

Si no se conoce esta posición, es lógico que esta semana los medios se hayan sorprendido con la noticia de que en el Vaticano ya se discute la posibilidad de que exista vida extraterrestre. El sacerdote argentino José Gabriel Funes quien dirige el observatorio astronómico del Vaticano, encabezó la semana pasada una reunión con científicos católicos para debatir las consecuencias teológicas que tendría la existencia de vida en otros planetas. Incluso ya aceptan que esa vida podría tener formas muy diferentes a la que existen en la Tierra.

Este es todo un reconocimiento a la validez de la teoría de la Evolución que este año cumplió un siglo y medio de su publicación y que en entonces fuera combatida y ridiculizada por pastores y sacerdotes. La ley de que la vida toma diversas formas por adaptación a las condiciones ambientales imperantes, probablemente sea aplicable en todo el Universo.

Y precisamente la adaptación a las condiciones sociales imperantes es la que ha posibilitado que algunas religiones sobrevivan. Y en eso la jerarquía del Vaticano tiene ya dos mil años de experiencia acumulada, una ventaja grande sobre los fundamentalistas evangélicos estadounidenses y sus seguidores locales.

Volviendo al padre Funes, hace ya un año en una entrevista a un diario romano dijo que la teoría del Big Bang le parece la más apropiada para explicar el nacimiento del Universo, y concluyó con esta frase lapidaria: “la Biblia no es un libro de ciencia” (5). Amén.

1) http://www.meteored.com/ram/806/catstrofes-naturales-mitos-religiones-e-historia-i/

2) Génesis 6, 15

3) http://www.arqueologos.org/arque-bibli/103-sodoma-y-gomorrala-teoria-de-la-licuefaccion.html

4) Mensaje del papa Juan Pablo II a la Academia de Ciencias del Vaticano, 1 de noviembre de 1996. http://www.rcadena.com/ensayos/Jpevolucion.htm

5) http://www.zenit.org/article-27311?l=spanish


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miércoles, 11 de noviembre de 2009

LHC: La “máquina de Dios” vuelve a funcionar

¿Se tragará el planeta un agujero negro?

Un viejo y gastado cliché que los medios de comunicación se empeñan en mantener vigente muestra a los científicos como una pandilla de locos que se la pasan haciendo experimentos para: a) dominar el mundo, o b) destruirlo. Nos lo enseñaron de niños con innumerable películas y series de tevé con personajes al estilo del doctor Frankenstein. Se lo seguimos enseñando a los chicos con dibujos como Pinky y Cerebro, dos ratones de laboratorio que quieren adueñarse del mundo.

Los científicos están todos locos, viven solos, se pasan encerrados en sus siniestros laboratorios, hablan con acento alemán y tienen ayudantes con alguna tara. Y como son unos resentidos sociales quieren destruir a la Humanidad. Este tonto cliché explotado hasta la saciedad es la base del mito que están haciendo circular quienes aseguran que el proyecto más ambicioso de la física moderna hará desaparecer el planeta en un enorme agujero negro. Así se lo muestra en esta animación que nos envían por correo electrónico.

Otro fin del mundo. Tan creíble como el anunciado para el 2012, que está basado en una profecía maya inexistente.

La partícula que no le gusta a los fundamentalistas

El Gran Colisionador de Hadrones (LHC) está nuevamente en marcha. Al parecer ya se superaron los problemas técnicos que hace un año obligaron a postergar los experimentos diseñados por algunos de los más renombrados físicos del mundo. El LHC es una enorme y compleja maquinaria cuya finalidad es hacer chocar dos pequeñísimo manojo de partículas. Cada haz tiene menos espesor que un cabello y todos los físicos serios del Ecuador y del mundo coinciden en anticipar que el mini “agujero negro “ que teóricamente causaría el choque, no podría devorarse ni siquiera algo del tamaño de un átomo. A diario la Tierra recibe rayos cósmicos miles de veces más potentes que la energía liberada por estos choques. Por eso Brian Cox, un conocido físico de partículas de la Universidad de Manchester fue categórico: “quien piense que el LHC destruirá la Tierra es un gilipollas” (1). Contundente el hombre.

Hace exactamente un siglo y en la misma universidad, un joven físico neozelandés llamado Ernest Rutherford descubría la estructura del átomo. Para su sorpresa, encontró que en su mayor parte… estaba vacío. La masa y la energía estaban contenidas en su núcleo -infinitamente más pequeño- al que rodeaban los electrones. Comparaba al núcleo con “una mosca en una catedral”. Desde entonces, se han ido descubriendo nuevos elementos de la estructura de los átomos, pero falta aún una pieza clave: el llamado bosón de Higgs, responsable de mantener aglutinadas a las demás partículas de cada átomo y darles masa.

Lo paradójico es que para descubrir lo más pequeño se ha tenido que construir la máquina más grande de la historia. En un túnel subterráneo de 27 kilómetros de diámetro (que atraviesa por debajo varias poblaciones suizas y francesas), y a una temperatura cercana al cero absoluto, gigantescos imanes conducen las partículas hasta hacerlas alcanzar casi la velocidad de la luz.

En unas semanas más, los enormes aparatos estarán a punto y se hará chocar el primer puñado de partículas. Cuando estas se destruyan, se podrá saber la poco felizmente bautizada como “partícula de Dios”. Hasta ahora es teoría pura basada en cálculos matemáticos, pero si se demuestra su existencia, se podría explicar por ejemplo qué es la enigmática materia oscura que ocupa gran parte del Universo.

“No probarás el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal” (2), dicen que Dios les advirtió a Adán y Eva, al tiempo que asignaba a la serpiente el papel del demonio tentador. Y seguramente en esa vieja leyenda está el origen de esta campaña mundial de miedo que utiliza el Internet para propagarse. Porque lo que más preocupa a los fundamentalistas religiosos es que el LHC permita encontrar la verdad sobre cómo se formó la materia, y cómo nació el Universo. Así, con pruebas, ya no habría cómo sostener que eso lo hizo un señor blanco y furioso, de barba y cabellos largos y en sólo seis días. Esa creencia, entonces, quedaría como lo que siempre debió ser: materia de fe.

Al infinito y más allá

Es de esperar que en las próximas semanas los rumores se hagan aún más fuertes, a pesar de que la campaña de terror ya cobró su primera víctima. El año pasado una adolescente se suicidó en la India al enterarse de la inauguración del LHC (3).

Que los grupos de creyentes radicales iban a reaccionar furiosamente contra la ciencia ya lo preanunció Carl Sagan. En Contacto, su único libro de ficción (llevado al cine con Jodie Foster en el rol protagónico), fanáticos religiosos intentan sabotear el primer viaje interestelar que permitiría a la Humanidad contactarse con una civilización mucho más avanzada porque eso demostraría que no somos una creación única.

Y el parecido con la realidad va aún más lejos, porque entre las aplicaciones prácticas de estos experimentos no sólo está la posibilidad de descubrir una fuente de energía de fusión controlada -infinita y limpia- sino también acortar los plazos para el primer viaje a otros mundos. Basado en un hallazgo del científico alemán David Hilbert -que fue para las matemáticas modernas lo que Einstein para la física- un físico teoriza sobre la posibilidad de que las partículas atómicas puedan producir la energía necesaria para impulsar una nave espacial a una velocidad miles de veces mayor que las actuales. Si su hipótesis se confirmara, la puerta a las estrellas ya no estaría tan lejana.

Es tan importante lo que se puede descubrir en este

acelerador de partículas que en Estados Unidos trabajan a toda marcha en su propio acelerador, que tiene ya 25 años de existencia y es mucho más lento, pero que aún no ha destruido el mundo. En el LHC europeo hoy hacen su pasantía centenares de jóvenes científicos de 35 países, incluyendo decenas de latinoamericanos, entre ellos de la vecina universidad colombiana de Nariño.

Allí están puestos los ojos del mundo y, que sepamos, no hay ningún ecuatoriano. Pareciera que aquí todavía la ciencia es mala palabra. Muchos profesores e incluso algunos estudiantes continúan negándose a que en las universidades se les exija un aprendizaje de calidad y se los evalúe. Por su parte, los medios de comunicación creen que la divulgación científica es para snobs del Primer Mundo, y así le dan más espacio a los esotéricos que a los físicos, más credibilidad a los astrólogos que a los astrónomos. Y a los chicos les contamos historias de aparecidos , ovnis y milagros como si fuesen verdades. ¿Cómo entonces dejar de ser un país que exporta banano y compra tecnología para pocos?

Descubriendo los engranajes del Universo

Alguna gente elige la política, el periodismo o la poesía para luchar por un mundo mejor. Otros eligen la ciencia. La inmensa mayoría de los científicos son gente como nosotros: tienen un hogar y una familia, sueños y deudas, se ríen y sufren como todos, ¿por qué entonces querrían destruir el planeta?

Cuando estudiaba la estructura de los átomos, el hoy famoso Rutherford decía: “somos como niños que necesitamos desmontar pieza por pieza un reloj para saber cómo funciona”. Parece, entonces, que tras un largo siglo de progreso de la física estamos a punto de conocer una pieza clave del reloj cósmico. Si como todo parece indicarlo el conocimiento obtenido ayudará a toda la Humanidad a vivir mejor y a cuidar de su planeta, el desafío al miedo y a los fanáticos religiosos habrá valido la pena.

Y en el LHC, algunos jóvenes físicos abandonaron por un momento sus incomprensibles ecuaciones para cantar un rap que explica lo que buscan con sus experimentos. Lo compuso una chica científica, propietaria también de evidentes habilidades musicales. Millones de otros jóvenes ya lo han visto en Yotube. Es una manera simpática de divulgar la ciencia, de compartir ese conocimiento que tanto miedo les da a los que quieren seguir manteniendo su poder sobre la sociedad. Disfrútenlo.

1) http://www.publico.es/ciencias/259658/piense/lhc/destruira/tierra/gilipollas

2) Génesis, 2:17

3) http://www.caracol.com.co/nota.aspx?id=669009


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viernes, 30 de octubre de 2009

El alma. ¿Existe la reencarnación?

Los 21 gramos y el origen racista de una creencia
New Age

Una encuesta que encargamos en el 2006 concluyó que casi la mitad de los ecuatorianos (49,6%) creía en la reencarnación. Dato curioso si consideramos que al menos un 90% de la población dice ser cristiana; es decir, cree que las almas tienen un solo uso y luego se van por toda la eternidad al cielo o al infierno.

Por el contrario, los teóricos de la reencarnación sostienen que existe un número limitado de almas que -por decirlo a la manera ecológica- se reciclan, dejando vacío el cuerpo muerto para posesionarse de una nueva vida, humana o animal.

De entrada, y para seguir un razonamiento lógico, hay que comenzar por la nada sencilla pregunta ¿existe el alma? Para la totalidad de las religiones mayoritarias del mundo la respuesta es sí. Para la ciencia en cambio, la respuesta es que no existe la menor evidencia.

En algún momento se habló de la existencia de una prueba:

los 21 gramos que el cuerpo perdería con su último suspiro. Esta caprichosa cifra sería el resultado de un extraño experimento realizado a principios del siglo pasado por el doctor Duncan Macdougall. Pesó a cinco enfermos agonizantes y los resultados oscilaron entre 10 y 42 gramos. Sólo el primero de los fallecidos perdió los famosos 21 gramos. Y para verificar sus resultados envenenó a una docena de perros sanos, aunque no pudo comprobar nada (1). Años más tarde, intentó fotografiar el alma saliendo del cuerpo, por supuesto, infructuosamente. Sin embargo, la leyenda sobre su “descubrimiento” sobrevive hasta hoy y hasta mereció el título de una película.

Más recientemente, el premio Nobel de Medicina Francis Crick –nada menos que el coautor del descubrimiento de la estructura del ADN- encontró que al morirnos se desvanecen millones de nuestros neurotransmisores, moléculas que tienen peso y son la base del sistema de comunicaciones entre las neuronas. Esa podría ser lo más parecido al “alma” desde el punto de vista de la Ciencia, es decir, de lo que está probado.

¿Y de dónde salió la creencia en la reencarnación?

En 1968, los cuatro tipos más famosos del mundo de entonces se recluyen en una comunidad del norte de la India. Los Beatles, guiados por el gurú Maharishi, han ido a aprender meditación para alejarse de las drogas. El impacto mediático que tuvo ese viaje provocó que millones de jóvenes hippies occidentales comenzaran a interesarse por el misticismo hindú con su prédica del amor y el desprendimiento

de los bienes materiales. Algunos de esos jóvenes son hoy prósperos empresarios que viven del negocio de la New Age. Tan sólo emulan al multimillonario gurú, quien murió apenas el año pasado en su modesta mansión holandesa de 200 habitaciones.

La moda de la Nueva Era y la espiritualidad aparece en un momento de crisis y descrédito de las religiones tradicionales, anquilosadas en sus prédicas conservadoras mientras el mundo parecía incendiarse con el Mayo francés, la guerra de Vietnam y la guerrilla del Che. Los jóvenes rebeldes enarbolaban las banderas del amor libre y el “prohibido prohibir”, y el movimiento de la Nueva Era con su rechazo a todo lo establecido -incluyendo la ciencia- fue la respuesta que encontraron.

La base religiosa de la Nueva Era puede encontrarse en el hinduísmo, una religión que en apariencia predica la paz y la espiritualidad individual para que el alma se despoje de su carga (karma) de las vidas anteriores y así alcanzar su liberación definitiva. Pero lo que esconden quienes lo predican, es el origen racista y cruel de esta creencia.

La llegada de los proto-nazis

Hacia el 1500 antes de Cristo los arios, un pueblo venido del norte, invade la India. Guerreros de piel blanca procedentes de las estepas rusas que utilizaban armas de hierro y carros de combate, derrotaron fácilmente a los nativos drávidas empujándolos cada vez más al sur. Los drávidas, de piel oscura, siguen siendo numerosos en esa región del subcontinente.

Para los rubios arios, los drávidas eran repugnantes subhumanos con los que no debían mezclarse, y por esa razón impusieron el sistema de castas que aún perdura. Las tres castas superiores de la aristocracia (sacerdotes, guerreros y comerciantes) estaban reservadas para ellos. Las demás eran para los nativos, que constituían la inmensa mayoría de la población. La mezcla de razas estaba prohibida. Quienes la quebrantaban (y sus hijos) pasaban a convertirse en descastados, los parias, o condenados a una virtual esclavitud . Así quedaron consagradas en la ley de Manu y el libro sagrado más antiguo, el Rig Veda.

La segunda etapa de la conquista vino a través de la religión. La creencia en la reencarnación es impuesta hacia el año 500 a.C. cuando los nativos comienzan a rebelarse. En otro libro sagrado, el Bhaghavad Gita, el propio dios Krishna explica a los mortales qué es la reencarnación.Se afirma además que la sociedad de castas no fue impuesta por los invasores arios, sino que es un designio divino. Cada cual tiene su lugar en la sociedad por voluntad de los dioses y si somos pobres y oprimidos es porque estamos pagando las culpas de vidas pasadas. Es el famoso karma. El campesino, entonces, debe aceptar resignadamente la explotación y el maltrato del señor feudal, porque rebelarse le impedirá escalar de casta en la próxima reencarnación y por lo tanto alejarse del ansiado nirvana.

Si por el contrario, desobedecemos la voluntad de los dioses, en nuestra próxima vida tendremos una reencarnación aún más desgraciada. En una cucaracha, un cerdo o en tal vez en Michael Jackson…

El fatalismo de un destino inexorable llevó a los pobres a la sumisión, y la sumisión a mantener el terriblemente injusto sistema de clases que virtualmente no ha cambiado en treinta siglos. En la India los parias constituyen la casi totalidad de la población más miserable: 160 millones de personas. La Unesco dice que hasta hoy “la casta se utiliza a menudo como un mecanismo de explotación económica” (2).

Los parias ni siquiera pueden atravesar las zonas residenciales donde viven las castas superiores, aunque se trate de gente casi tan pobre como ellos.

Durante un viaje por la India se me ocurrió entrar a filmar en una villa miseria habitada por parias. El guía, de una casta superior, se negó tajantemente a acompañarme. Pronto me vi rodeado por decenas de chicos curiosos y famélicos con quienes bromeamos un rato, ellos mirando por la lente de la cámara y yo jugando a despeinarlos. Al regresar al coche, y en todo el trayecto hasta el hotel, el guía apenas me dirigió la palabra y hasta se negó a darme la mano que le extendí sin la menor inocencia. Su repugnancia era más fuerte que su sentido del deber: también yo estaba contaminado.

Y finalmente, algunas cuestiones de lógica

¿Cuántas almas hay para repartir? Cuando se inventó la teoría de la reencarnación , en el mundo vivían unas 100 millones de personas. Actualmente la población del planeta llegó a los 7 mil millones. ¿De dónde sacaron sus almas esas nuevas 6,9 mil millones de personas?

Hoy en día, psicólogos que siguen a Brian Weiss -psiquiatra New Age, millonario autor de libros- aseguran poder hipnotizar a sus pacientes para transportarlos a sus vidas pasadas y así conocer el origen de sus problemas actuales y curarlas hasta de sus fobias.

Bailarinas egipcias, guerreros al estilo Conan el Bárbaro, reyes, Juanas de Arco, y cualquier otro estereotipo salido de Hollywood, todos son buenos para vender sesiones de cuarenta dólares la hora. Personalmente conocemos a dos princesas del Renacimiento y un lugarteniente de Colón, pero hasta ahora a nadie que haya tenido una vida más prosaica, digamos un niño indio o chino muertos prematuramente. Por la ley de las probabilidades, al menos una de cada tres personas que alguna vez vivieron en el planeta tendría que tener ese origen y gran parte de ellos haber muerto antes de llegar a la madurez. Pero claro, su corta y trágica vida no emocionaría a nadie.

Cuando se les pregunta a estas personas que hicieron una “regresión” cómo era su vida pasada, solo pueden contestar vaguedades y tal vez algún nombre que recuerden de alguna película. Pero si los interrogamos sobre qué cultivaban y comían, cómo se llamaba el rey de aquella época, qué idioma hablaban, o qué moneda utilizaban, verán cómo pierden súbitamente la memoria. ¿Cómo es que nadie se reencarna en Cleopatra para decirnos dónde está su tumba? ¿O en San Martín o Bolívar para informarnos qué conversaron en Guayaquil? ¿Uno de los doce apóstoles para contarnos con detalles la vida de Jesús?

Hoy, con el avance en el conocimiento de las leyes de la genética, sabemos que buena parte de nuestro carácter y comportamiento (en esencia, lo que los creyentes llaman “alma”) es heredado. Un estudio de más de treinta años realizado por científicos del Instituto Karolisnka de Suecia, ha demostrado que enfermedades psiquiátricas como la esquizofrenia y el trastorno bipolar están estrechamente relacionadas con la herencia genética (3). O será que los hijos de esquizofrénicos, por pura casualidad, al nacer reciben casi siempre el alma de un esquizofrénico muerto que pasaba por ahí cerca.Estudios similares ha hecho la Universidad de Duke para la depresión, la ansiedad y la dependencia de las drogas y el alcohol.

Creer en la resurrección del alma o en la reencarnación sigue siendo solo un reflejo de la soberbia humana. Imaginamos ser tan importantes que no podemos tolerar la idea de que una vez que nos morimos, estaremos muertos para siempre.

Y algo más. Por lo menos los hindúes son coherentes en sus creencias y no comen carne. Si usted cree en la reencarnación, ¿por qué come pollo? (o vaca o chancho). Tal vez lo que está en su plato haya sido la reencarnación de algún pariente lejano.

(1) New York Times, archivos de 1907. http://query.nytimes.com/mem/archive free/pdf?res=9D07E5DC123EE033A25752C1A9659C946697D6CF

(2) “El apartheid oculto de la India”, Correo de la Unesco. http://www.unesco.org/courier/2001_09/sp/doss22.htm

(3) http://www.eluniverso.com/2009/01/16/1/1384/328BFC8B49E446C5B9AB4A57B8FB6654.html


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